viernes, 3 de marzo de 2017

"La Gasolina"


Manuel ha hecho del traslado de autos su modo de vida. No solo es la forma de llevar el sustento a su casa, sino que es su forma de vivir… Disfrutando de los paisajes y las costumbres de ese hermoso país, llamado México, hablando y conociendo gente, algo que a él le encanta. 
Manuel disfruta salir en las madrugadas, conocer gente diferente, por comer comidas típicas y llevar a las personas la alegría de estrenar un auto.
Él es un hombre bueno, dedicado a su esposa y a sus tres hijos, entrenador de fútbol, de equipos juveniles, tanto masculinos como femeninos, labor que realiza, sin paga alguna, solo por el puro gusto, siempre mantiene un gran sentido de “familia”, heredado de su madre, que es su ejemplo y adoración, aun cuando hace casi nueve años que El señor se la llevó al cielo. La relación con sus hermanos es sólida, a pesar de nunca ha sido fácil.
Como todos nosotros, Manuel tiene cualidades y defectos y quizá el más grande de ellos es: “La Terquedad”. Dentro de ser noble, solidario y cooperativo, es muy necio, y por eso a pesar de tener la presión alta, sigue fumando, por eso a pesar de que sabe que debe tomar a diario su medicina, se la toma “cada que Dios quiere” y es precisamente en la “terquedad” de Manuel donde esta historia tiene su origen.

Un día hace casi seis años, se le comisionó a Manuel para llevar una camioneta pick up, a la ciudad de Nueva Casas Grandes Chihuahua, ubicada en una zona muy peligrosa, donde el crimen organizado hace de las suyas.
Se le instruyó a que viajara de día y se detuviera en cuanto empezara a anochecer, pero Manuel quería regresar rápido, porque era el cumpleaños de uno de sus hijos y quería pasarla con él.
Así que desobedeciendo órdenes viajo de noche y a eso de las cuatro y media de la madrugada, se encontraba todavía a 120 kms de distancia de su destino. Vio el medidor de gasolina y determino que tenía que cargar, justo cuando pasaba enfrente de una gasolinera, pero pensó, “adelante hay otra, ahí cargaré.
Sin embargo al llegar a la siguiente se encontró con que se hallaba cerrada. Podía haberse regresado, pero decidió, equivocadamente, intentar llegar a Casas Grandes, con la gasolina que le quedaba y cargar allá, antes de entregar la camioneta.
Todavía a unos cuarenta kilómetros de su destino, se cruzó con dos camionetas negras que al verlo pasar se orillaron y según Manuel pudo ver por el retrovisor, se dieron vuelta en “U” hacia donde él circulaba con claras intenciones de robarle la camioneta.
Justo en ese momento, la pick-up empezó a jalonearse, síntoma de que la gasolina se había acabado… Manuel pensó en lo peor, solo sin gasolina, en una zona tan peligrosa, con una camioneta nueva y dos camionetas con gente “siniestra” rumbo a él. Con mucho miedo y lágrimas en los ojos, Manuel miro al cielo y le pidió a su Mama, que tenía unos meses de haber fallecido, que le pidiera a Dios y a La Virgen que lo ayudaran.
La camioneta descendió por la cima de la colina y con el impulso que traía llego a un lugar donde increíblemente, en plena madrugada, un Señor caminaba con dos latas en los hombros. Manuel pensó: ¡Que hace Un Hombre solo a las cinco de la mañana la carretera!. Temiendo que pudiera ser un cómplice de los hombres de las camionetas desconfió y se puso alerta, pero su camioneta se detuvo, justo al lado del Hombre, quien al ver a Manuel sonrió y le deseo buenos días. Con temor bajo la ventana y le pregunto, sintiéndose el hombre más tonto del mundo: “Amigo no traerá gasolina en esas latas”. El hombre volvió a sonreír y le dijo, “Si, cuanta necesitas”. Manuel descendió justo en el momento en que las dos camionetas negras se detenían a su lado… Iban a bajarse ya con las armas en las manos, cuando algo vieron estos tipos en la mirada del hombre, que con pavor en el rostro, aceleraron y desaparecieron.
Nuevamente El Hombre sonrió, ayudo a Manuel a vaciar las dos latas en el tanque de gasolina y al haber terminado, Manuel con una paz que no recuerda haber tenido nunca le pregunto: “Amigo cuanto le debo”.
El hombre contesto: “Lo que usted me quiera dar”.
Manuel fue a su camioneta, saco de su mochila la cartera y al regresar a la parte trasera del vehículo… ¡El hombre había desaparecido!
Ni rastro de Él, solo las latas vacías a la vera del camino...

Manuel llego con bien a su destino y a su regreso, temblando y con                                                             lágrimas en los ojos, me contó su historia.
Autor: Guillermo Alvarado Vega










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